martes, 14 de abril de 2015

La triste historia del reflejo roto.

De pronto rompí a llorar, algo inevitable.
No sé cómo no me convertí en gotitas de agua salada mucho antes. Pero finalmente lo hice.
Durante dos minutos traté de esquivar tus manos y de evitar el contacto de nuestros labios. Pero qué cojones estaba haciendo.
Y agarrándome la mano me llevaste a la puerta de atrás, en enero hace frío hasta en el sur y contigo al lado.
Supongo que simplemente estaba agobiada.
Supongo que solo tenía un poquito de miedo, como siempre.
Pero joder, cómo me arrepiento.
Tras este desafortunado acto que finalizó, como todos los nuestros, con tus labios en mi cuello; Volvimos al interior abarrotado de gente y con un olor a alcohol, tabaco y juventud perdida.

Aún recuerdo la manera exacta en la que abriste aquella puerta, me hiciste pasar mientras afirmabas que querías que estuviéramos solos.
Aún recuerdo a la perfección aquellas tres camas viejas y puestas allí en medio sin orden alguno.
Y en la primera de ellas nos tumbamos y juntamos nuestros cuerpos el uno con el otro para algo más que sentir calor en aquella fría y extraña noche de diciembre. Y de nuevo rompí a llorar, esta vez por el simple hecho increíble de poder palpar con mis manos tu cuerpo, el poder sentir tu presencia física junto a la mía.Vaya tontería.
Yo aún seguía en mi posición inicial cuando tú decidiste rodear mi cintura con tus brazos.

-¿Por qué lloras?
-Porque te quiero mucho.

Diálogo absurdo y sin sentido donde los haya pero esa era la realidad.

Justo al lado del cabecero de aquella cama grande y desnuda había un triste espejo, lleno de surcos, con algunos huecos y polvoriento.Entonces me dí cuenta de lo que pasaba por mi cabeza en ese momento.
Allí estábamos los dos, eternos cometas que jamás lograrían encontrarse. Estrellas que morían y resucitaban pero nunca a la par.
Tus manos acariciando mi sien y tu rostro prácticamente adherido al mío.
Nosotros dos, allí solos y juntos.
Se suponía que eso nunca iba a pasar.
Pero de nuevo me equivocaba.

Hice que contemplaras la bella imagen que aquel triste y desgastado espejo que se erguía en el suelo.

-Es que no me lo puedo creer. No puedo asumir esto. Estoy oyendo tu voz y puedo tocarte. Estás conmigo. 

Entonces giré mi cuerpo hacia el tuyo y coloqué mi mirada en tus ojos oscuros y de mirada cándida y dulce. Pude notar a la perfección una capa vidriosa en ellos. Y quizá me estuviera equivocando y seguiré convencida de ello toda mi vida.

-Pero no llores tú también. Vaya desastre.
-No, no voy a llorar.

Fue entonces cuando acaricié tus labios con mi pulgar como en miles de ocasiones anteriores había deseado y besé esa zona que queda entre tu párpado izquierdo y tu ceja.